“Nuestra cultura metida en el cáncer de mama”, artículo del Rector José Rentería Torres

José Rentería Torres*

 

No importa que se haya ido octubre y que empiece noviembre o que pasen todos los meses con sus días para seguir pensando y repensando sobre el cáncer (CA) de mama, cuando históricamente este padecer ha venido aumentando  conforme pasan los años.

Cincuenta años atrás, esta malignidad aparecía con mayor frecuencia en mujeres después de los 50 años, y ahora, cinco décadas después, este terrible mal está agrediendo a nuestras jovencitas de apenas 20 años de edad.

Es por eso que hoy estamos alarmados y empeñados en detectar oportunamente este mal a través de tres acciones principales: la auto exploración mensual de los senos, una visita anual con el médico para una exploración profesional y realizar una mamografía después de los 40/35 o ¿a qué edad ahora?

Con las acciones anteriores se  tiene el propósito de detectar lo más pronto posible la aparición de esta enfermedad. Pero con estas estrategias, estamos dando la impresión de que la causa de la creciente incidencia de este padecer es primariamente por factores genéticos.

Según los expertos, solo el 5% de los CA mamarios tienen una estricta estirpe genética, en el 95 % restante existe la posibilidad que sean factores culturales con sus estilos de vida, los que están irritando y orillando a los genes de las células de las mamas hacia su transformación cancerosa. Igual que como ocurre con el tabaquismo y el CA de pulmón, los alimentos ahumados y el CA gástrico, los rayos solares y el CA de piel, sin el condón y el papiloma en…

Algo cultural podría estar sucediendo con la alarmante presencia del CA de mama y si fuera así, tal vez, deberíamos dirigir nuestra mirada hacia los más importantes factores de riesgo para evitarlos, para prevenir o cuando menos retardar el acoso de esta malignidad en nuestras mujeres.

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Permítame contarle una historia basada en la teoría de la evolución: en cierta ocasión, hace millones de años, un día estaba llorosa “La Pájara Pinta” viendo a mamá “Bambi” pastar debajo de su verde limón, mientras Bambinito prendido de la ubre se amamantaba. ¿Por qué lloras amiga Pinta? Ahh, contestó la pájara. Si yo tuviera el tesoro con lo que tú le das de comer a tu hijo, no habría tenido la necesidad de dejar a mis polluelos solos para ir a conseguir su alimento. Ayyyy, ayy, mis hijos, se lamentaba la llorona. Ahora que regreso al nido, ayyy, ayy, está vacío, alguien se los comió…

Pues sí, las mamas, según la teoría de la evolución, aparecieron sobre la faz de la tierra como una defensa genética para reforzar y para poder conservar la vida con menos sobresaltos. La teoría creacionista judeocristiana, dice lo mismo pero de otro modo, cuando un día: “Dios creó… las aves… hizo a las bestias (ya con mamas)…  y vio que era bueno… y dijo: hagamos al hombre“.

Y los humanos aparecieron siendo un resumen de la vida del universo, cuando en su constitución corporal traían los minerales del cosmos, los subsistemas vegetativos del reino vegetal, y de la animalidad portaban el sentir, el movimiento y entre otros órganos, las glándulas endócrinas que sostienen los ciclos reproductivos, incluida la lactancia.

Las mamas, siendo parte del sistema reproductivo, funcionan con pausas y aceleres a través de un fino equilibrio hormonal que prepara al organismo tanto para la gestación como para la lactancia. Pero antes de gestar una nueva vida, las mismas hormonas ejercen un poderoso impulso sexual para la conservación de la especie.

Pero en los humanos, contrario a la animalidad el sexo es sexualidad, en donde el cuerpo entero potencialmente es de un erotismo placentero y “Dios vio que era bueno” cuando así diseño al hombre y a la mujer. Luego,  con sus usos y costumbres, en libertad las personas decidieron planificar la familia

En esta libertad deseo caminar un poco sobre uno de los factores de riego que inciden en la aparición del CA de mama: El elemento hormonal. Los expertos asientan, como una importante causalidad funcional el tener los siguientes antecedentes: el no haber amantado, el haber tenido una pubertad temprana (menstruación y crecimiento mamario alrededor de los ocho años de edad), y la presencia de una menopausia tardía (cuando la regla desaparece por allá o después de los 50 años de edad). En términos generales la mujer menstrua entre los 13/45 años, teniendo una vida fértil de treinta años, aproximadamente. Pero cuando se tiene la menstruación de los 8/50 años de edad, entonces, son 10 años más de impacto hormonal en sus mamas. Esta prolongada sobre estimulación hormonal sobre los senos, sin las pausas benéficas de la gestación y la lactancia, los estudiosos de la materia los consideran de alto riesgo.

A  lo anterior agregue lo siguiente: por allá en los principios de la década de los sesentas del siglo pasado, aparecieron industrialmente los sustitutos de la leche materna, entonces la moda exigía su uso. La mercadotecnia hacía salir a las puérperas de las maternidades felices con sus latas de leche “de regalo”. Y los médicos decíamos que era bueno. Las mamas ardían de inflamación.

Junto, por los mismos años, aquel fino equilibrio hormonal del sistema reproductor se vio alterado con la entrada masiva de los anovulatorios cargados con hormonas sintéticas y en muchedumbre prescribimos la píldora. Cierto, era una exigencia social. Enseguida, las farmacéuticas voltearon hacia las mujeres menopáusicas y vieron en ellas un gran mercado para sus productos hormonales y empezaron las terapias sustitutivas. Ciertamente y legítimo es el derecho de la mujer el querer conservar su radiante figura femenina. Pero el tejido mamario sigue activo, despierto, estimulado artificialmente, cuando debería estar dormido. Más recientemente hizo su ingreso la bomba hormonal de la pastilla del día siguiente.

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El párrafo anterior se lo comenté a un connotado amigo médico quien me descalificó diciendo: “Eso es una suposición subjetiva sin valor científico”. Cierto. Pero también es innegable que la funcionalidad de las mamas está ligada al ciclo de la vida reproductiva con sus hormonas que sostienen la fertilidad para la gestación y la lactancia. Indudablemente, también, uno debe de ejercer una paternidad responsable. Igual sin duda los métodos anticonceptivos nos han ayudado a sentir el placer querido de nuestra sexualidad. Pero también es evidente: los hormonales exógenos han venido trastocando el fino ritmo del ciclo biológico de la reproducción y la lactancia y esto tiene sus riesgos.

Por estos riesgos, tal vez, nuestras mujeres cada día están siendo víctimas (victimizadas) por una industria farmacéutica en donde la mercadotecnia esconde, quizá, la causalidad funcional más importante en donde una de cada nueve mujeres, hoy, está en riesgo de padecer CA de mama.

Este dato objetivo, no es ni intuición ni empirismo, es una nota notable de una triste realidad que ojalá esté apremiando a los estudiosos del tema para busquen las razones profundas, de este pandémico y creciente mal cultural de nuestro tiempo.

Va una hipótesis final: las farmacéuticas sabedoras de los trastornos  ¿secundarios? de sus productos hormonales en contra de la salud, instan a las campañas masivas mundiales para una detección precoz del CA de mama. Pero, diluyen los riesgos de su uso para conservar su lucrativo negocio, ¿será falsa o verdadera?

Mientras no tengamos la respuesta anterior, queda la impresión de que la detección precoz, por más oportuna que esta sea, deja intacta una importante causa cultural que está haciendo crecer esta malignidad.

Junto con la detección oportuna, urge promover el cuidado de nuestra salud.

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*Rector de la Universidad Kino


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